
Zenón Koval, Miembro del Comité Ejecutivo del Congreso Mundial de los Ucranianos, asesor político del Congreso Europeo de Ucranianos y de la Sociedad de Ucranianos en Bélgica, asesor especial de la embajada de Ucrania en Bélgica (1992-1995)
El proceso de creación del Panteón Nacional en Ucrania y la repatriación de destacadas figuras del siglo pasado que encontraron su último descanso en el exilio no es simplemente un traslado técnico de restos mortales. Es un proceso profundo y sensible, tanto político como histórico.
La reciente primera repatriación del jefe de la Dirección de la OUN, Andriy Melnik, y de su esposa Sofía desde Luxemburgo, así como el anunciado retorno de las cenizas de Yevhen Konovalets, confirman claramente que Ucrania está recuperando su continuidad histórica. Una vez más demostramos que nuestra estatalidad no surgió “ayer” ni “gracias a Lenin”, como intenta desinformar Putin, sino que es el resultado de siglos de lucha por la unidad nacional de nuestro pueblo.
Sin embargo, este proceso ha revelado una serie de desafíos en la comunicación entre el Estado ucraniano y la comunidad ucraniana mundial.
La repatriación de Melnik estuvo acompañada de debate. Parte de la comunidad ucraniana expresó críticas hacia el Estado porque la decisión fue tomada sin su participación directa. Y había razones para ello: durante décadas, los ucranianos en el extranjero cuidaron esa tumba con sus propios recursos, dinero y trabajo.
En cuestiones tan delicadas, el Estado debe actuar con el máximo tacto y, a través de sus representaciones diplomáticas, iniciar contactos con las principales organizaciones comunitarias en cada lugar.
Es simplemente una manera normal y respetuosa de contactar y comunicarse con comunidades que realmente han trabajado durante décadas en estos temas. Las embajadas deberían averiguar quién se encargaba del sepulcro y mantener un diálogo vivo, en lugar de actuar bajo el principio de una directiva: “Lo ordenaron, lo tomaron y se lo llevaron”. Se necesita una conversación normal, humana y cortés.
Tomando en cuenta el caso de Melnik, las instituciones estatales deben sacar conclusiones para no repetir momentos poco delicados en el futuro, ya que aún quedan nuevas repatriaciones por delante.
Para comprender el dolor de la comunidad, vale la pena profundizar en la historia. La ola de emigrantes que llegó a Occidente después de la Segunda Guerra Mundial literalmente “vivía con las maletas preparadas”. Creían sinceramente que la guerra continuaría, que la ocupación soviética podría ser derrotada y que podrían regresar a casa. Cuando quedó claro que eso no sucedería, estas personas comenzaron a desarrollar vigorosamente las comunidades en el extranjero con un solo objetivo: preservar la identidad ucraniana, que en la Ucrania soviética era destruida y rusificada sin piedad. Educaban a sus hijos en el espíritu ucraniano, hablaban ucraniano y vivían por Ucrania.
Las tumbas de líderes de la emigración, como Symon Petliura, Andriy Melnik, Stepan Bandera o Yevhen Konovalets, se convirtieron en centros de atracción para estas comunidades. Allí se reunían en fechas conmemorativas y allí se mantenía viva la memoria de la República Popular Ucraniana y de las luchas de liberación. Para los ucranianos en el extranjero, estos sepulcros no son simplemente cementerios; son símbolos de su propia lucha de muchos años y de la preservación de Ucrania fuera de sus fronteras.
El traslado de los restos a Ucrania no significa que el lugar de sepultura en el extranjero deba ser eliminado u olvidado.
Si hablamos, por ejemplo, de Simón Petliura, su sepulcro en París debe permanecer obligatoriamente en su lugar. El Estado debe asegurarse de adquirir ese espacio y garantizar su adecuado mantenimiento. Después de todo, es un lugar histórico de memoria que recuerda que fue precisamente en París donde vivió el Atamán Supremo, donde fue asesinado de manera traicionera y donde descansó durante décadas. En la tumba parisina puede indicarse claramente que los restos han sido reinhumados en Kyiv, pero el monumento debe permanecer como una señal histórica para los ucranianos de Francia y de toda Europa. Nuestras huellas históricas en el mapa del mundo no deben desaparecer.
¿Puede el proceso de repatriaciones convertirse en un nuevo puente entre Ucrania y la comunidad ucraniana mundial? Sin duda, sí. Pero ese puente debe sostenerse sobre varios principios fundamentales:
Respeto a la voluntad de la persona y de su familia. Si existe un testamento oficial donde la persona indicó claramente que deseaba regresar con sus restos mortales a una Ucrania unida, no hay lugar para discusiones: esa voluntad debe cumplirse. Si la familia o los descendientes tienen otra visión, el Estado está obligado a respetar su opinión.
Consenso en ausencia de testamento. En el caso de Andriy Melnik no quedaron instrucciones directas por escrito, aunque toda su vida en el exilio reflejaba claramente su deseo de ver una Ucrania libre. Cuando no hay familiares, el único socio legítimo para el Estado en esta discusión es precisamente la comunidad que mantuvo y financió el sepulcro (resolviendo todas las complejas cuestiones administrativas y técnicas relacionadas con el arrendamiento de terrenos en ciudades europeas).
Reconocimiento de la contribución de la comunidad. Ucrania, a nivel estatal, debe expresar claramente su gratitud a la comunidad ucraniana por haber preservado la memoria de estos líderes durante los tiempos del terror soviético.
El proceso de formación del Panteón en Kyiv no consiste en que el Estado se apropie de la historia, sino en una restauración conjunta de la justicia. Cuando el Estado ucraniano reconozca con profundo respeto el papel de las comunidades en el extranjero en la preservación de la memoria nacional, y cuando estas comunidades se sientan copartícipes plenos de esta nueva política estatal de memoria, entonces el regreso de los héroes a casa realmente unirá a los ucranianos a ambos lados de la frontera.
Fotografía: Oficina del Presidente de Ucrania