Cuando, tras el inicio de la guerra a gran escala, la Unión Europea prohibió las emisiones de los canales estatales rusos RT y Sputnik, esto se convirtió en uno de los pasos más visibles en la lucha contra la desinformación del Kremlin. Moscú perdió sus principales plataformas mediáticas en Europa, pero no perdió su capacidad para influir en la opinión pública.
Durante los últimos años, la propaganda rusa no ha desaparecido: se ha adaptado. En lugar de sus propios canales de televisión estatales, el Kremlin recurre cada vez más a determinados periodistas, comentaristas, expertos e incluso a medios occidentales de prestigio que, de manera consciente o inconsciente, se convierten en plataformas para difundir narrativas rusas.
Dos historias ocurridas esta semana en Francia y Canadá muestran diferentes manifestaciones de un mismo problema.
Cuando una prohibición no es suficiente
El 3 de agosto, un tribunal de París rechazó el recurso de apelación de la exdirectora de RT France, Ksenia Fedorova, manteniendo vigente la decisión de expulsarla de Francia y congelar sus activos. Las autoridades francesas consideran que está implicada en la difusión de propaganda rusa.
A primera vista, podría parecer otro episodio de la lucha contra el canal de televisión ruso prohibido. Sin embargo, la historia es mucho más compleja.
Tras el cese de las emisiones de RT en Francia, Fedorova no desapareció del espacio informativo. Continuó trabajando como comentarista en el canal de televisión francés CNews, que ha sido criticado en reiteradas ocasiones por dar espacio a voces prorrusas. Precisamente esto demuestra una de las principales características de la estrategia informativa rusa contemporánea: incluso cuando se cierra un canal de influencia, rápidamente aparecen otros.
El vicepresidente del Congreso Mundial de Ucranianos para Europa Occidental y presidente del Comité de Incidencia del CMU, Volodímir Kojutiak, subraya que el problema no se limita a determinadas personas.
“Sería un error considerar que el problema radica únicamente en una persona. En realidad, se trata de un sistema mucho más amplio de influencia informativa que durante años se ha formado a través de una red de plataformas mediáticas, expertos y comentaristas que difunden propaganda rusa bajo la apariencia de un punto de vista alternativo”, afirma.
Según Kojutiak, ya en 2017 el presidente de Francia, Emmanuel Macron, calificó públicamente a RT y Sputnik como instrumentos de la propaganda del Kremlin. Sin embargo, incluso después de las sanciones de la UE, algunos medios franceses continúan invitando regularmente a comentaristas que promueven o justifican las narrativas rusas.
Especial preocupación genera el hecho de que la actividad de estas narrativas aumenta de cara a las elecciones presidenciales francesas de 2027. Desde hace tiempo, el Kremlin utiliza las campañas políticas en países democráticos como una oportunidad para aumentar la polarización social y socavar la confianza en las instituciones estatales.
Otra herramienta: los medios legítimos
Si el caso francés demuestra que, tras la prohibición de RT, sus representantes encuentran nuevas plataformas, la historia canadiense muestra otro problema: la penetración de las narrativas rusas en publicaciones occidentales influyentes.
A finales de julio, el Congreso de Ucranianos de Canadá (CUC) se dirigió al editor jefe de The Globe and Mail, David Walmsley, después de que el periódico publicara por tercera vez en menos de un año materiales del periodista Goran Tomasevic, acreditado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia.
En su carta, el CUC sostiene que las publicaciones ofrecían una imagen compasiva de los militares rusos, al tiempo que omitían mencionar los crímenes de guerra, las torturas, las deportaciones y otros delitos cometidos por las fuerzas rusas. Especialmente criticados fueron los materiales sobre la unidad especial “Ajmat”, en los que estaba completamente ausente la información sobre su participación documentada en crímenes contra la población civil.
El CUC planteó a la redacción una pregunta fundamental sobre las condiciones en las que el periodista obtuvo la acreditación de las autoridades rusas, ya que el Kremlin tradicionalmente permite trabajar únicamente a aquellos periodistas extranjeros cuya presencia responde a sus intereses informativos.
Este caso demuestra una característica importante de la propaganda contemporánea. No siempre se difunde a través de medios abiertamente prorrusos. Por el contrario, las narrativas rusas pueden llegar a la audiencia a través de publicaciones en las que la sociedad tradicionalmente confía. Si el lector ve un artículo en un gran periódico nacional, es menos probable que cuestione la forma en que se seleccionaron los hechos, las fuentes o el contexto.
La propaganda funciona hoy de otra manera
La estrategia informativa rusa contemporánea se diferencia considerablemente de la que el mundo observaba hace diez años.
Si anteriormente el Kremlin dependía principalmente de sus propios canales de televisión estatales, hoy recurre cada vez más a mecanismos de influencia mucho más sutiles. No se trata únicamente de mentiras evidentes. También pueden ser muy eficaces la omisión selectiva de hechos, las historias emocionales sin el contexto necesario, la creación de una falsa simetría entre el agresor y la víctima o la presentación de fuentes estatales rusas como una “otra perspectiva” equivalente.
Precisamente por eso, la influencia informativa se vuelve menos visible para la audiencia general. El lector puede incluso no darse cuenta de que está recibiendo una visión incompleta de la guerra.
Por qué esto es importante para las comunidades ucranianas
Los ejemplos de Francia y Canadá demuestran otra tendencia: con frecuencia, son precisamente las comunidades ucranianas las primeras en llamar la atención sobre el problema.
Son ellas las que siguen de cerca el espacio informativo local, reaccionan ante las manipulaciones, se ponen en contacto con las redacciones, mantienen un diálogo con los periodistas y explican el contexto de la agresión rusa. Esto no es censura ni un intento de limitar la libertad de expresión. Se trata de estándares periodísticos: información completa, verificación de las fuentes y responsabilidad por el contexto.
Rusia invierte importantes recursos en influencia informativa porque comprende perfectamente que el apoyo a Ucrania en los países democráticos depende en gran medida de la opinión pública. Si la sociedad deja de distinguir claramente entre el agresor y la víctima, esto termina influyendo también en las decisiones políticas.
Por eso, el trabajo de las comunidades ucranianas con los medios locales se convierte en un componente importante del apoyo internacional a Ucrania. La carta del CUC a The Globe and Mail, al igual que la labor de incidencia que los ucranianos realizan desde hace años en Francia, demuestran que una reacción constante de la sociedad civil puede llamar la atención sobre el problema y elevar los estándares de cobertura de la guerra ruso-ucraniana.
La guerra informativa no terminó con el bloqueo de los canales de televisión rusos en la UE. Simplemente cambió sus herramientas. Y por eso, hoy es tan importante como hace varios años prestar atención a quién habla, qué hechos se omiten y en interés de quién se construye la agenda informativa.
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