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Lubomir Luciuk: Si otros pueblos eligen a sus propios héroes, ¿por qué Ucrania no puede hacerlo?

#Opinión
agosto 7,2026 278
Lubomir Luciuk: Si otros pueblos eligen a sus propios héroes, ¿por qué Ucrania no puede hacerlo?

Lubomir Luciuk, profesor del Real Colegio Militar de Canadá y investigador sénior del Departamento de Estudios Ucranianos de la Universidad de Toronto

Fuente: Kyiv Post

Los planes de Ucrania para crear un Panteón Nacional han provocado fuertes críticas en el extranjero. Algunos sostienen que determinadas figuras de los movimientos de liberación nacional —en particular el coronel Yevgen Konovalets, fundador y primer dirigente de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN)— nunca deberían recibir reconocimiento oficial. De acuerdo, este debate es completamente legítimo. Pero surge una pregunta evidente: ¿aplican los autores de tales afirmaciones los mismos criterios a sus propios países?

Muy rara vez.

La memoria colectiva nunca es neutral. Cada pueblo construye su propia visión de la historia a partir de su experiencia, y no de la opinión general de los demás. Los observadores externos rara vez cuestionan sus propias tradiciones; con mucha mayor frecuencia critican las de otros.

Gran Bretaña honra a Oliver Cromwell como defensor del gobierno parlamentario, aunque en Irlanda su nombre está asociado con asesinatos masivos y confiscaciones de tierras. Francia honra a Napoleón como fundador del Estado y arquitecto de sus instituciones modernas, pese a las guerras que se cobraron millones de vidas en Europa. Polonia venera a Józef Piłsudski como la figura que restauró su independencia, aunque los ucranianos lo relacionan con la brutal campaña de «pacificación» de 1930 en la Ucrania occidental ocupada.

Israel honra a Menájem Beguín como una de las figuras clave en la creación del Estado judío, aunque la organización clandestina Irgún, dirigida por él y considerada terrorista por las autoridades británicas, secuestró y asesinó en 1947 a dos sargentos británicos. Uno de ellos era de origen judío.

Sin embargo, nadie exige seriamente que Gran Bretaña elimine a Cromwell de su historia, que Francia renuncie a Napoleón, que Polonia reniegue de Piłsudski o que Israel se distancie de Beguín.

En el caso de Ucrania se aplica la misma lógica. Kyiv planea repatriar los restos del coronel Konovalets, enterrado en Róterdam desde 1938. Allí fue asesinado por Pável Sudoplátov por orden de Stalin. En julio de 2022, después de la ocupación de Melitópol, las fuerzas rusas instalaron un monumento a Sudoplátov. Posteriormente, Moscú dio su nombre a un batallón que combate contra Ucrania. La ironía es evidente: Rusia honra al asesino, pero se opone al traslado y entierro de su víctima. Al mismo tiempo, es precisamente Konovalets quien es presentado como una figura inaceptable.

El mismo doble rasero puede observarse en otros casos. En 1926, Shalom Schwartzbard asesinó en París a Symon Petliura, a quien muchos ucranianos veneran como un destacado líder. En 1967, los restos de Schwartzbard fueron trasladados a Israel y enterrados en un cementerio fundado por veteranos de la Legión Judía, mientras que él mismo fue presentado como un «héroe judío».

Fotografía: DepositPhotos

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