La gran guerra para Natalia Ravliuk no comenzó en 2022, ni siquiera en 2014. El punto de no retorno llegó en noviembre de 2013, cuando las fuerzas de seguridad reprimieron brutalmente a los estudiantes que se habían reunido en el Maidán de Kyiv para defender el futuro europeo de Ucrania.
A miles de kilómetros de Kyiv, junto al monumento a San Volodímir, en Holland Park de Londres, ese mismo día comenzaron a reunirse ucranianos. Algunos llegaron con una bandera, otros con carteles hechos a mano, y muchos simplemente porque no podían quedarse en casa. En aquel momento nadie pensaba en crear una organización comunitaria ni en dedicar años al voluntariado. La gente solo quería apoyar a un país que estaba cambiando vertiginosamente ante sus propios ojos.
Han pasado más de doce años. Aquella acción temporal se convirtió en uno de los movimientos cívicos ucranianos más sólidos del Reino Unido, y la propia Natalia Ravliuk pasó a ser una de las representantes más conocidas de la comunidad ucraniana, convenciendo desde hace más de una década a políticos británicos, periodistas y ciudadanos de a pie de no darle la espalda a Ucrania.
Durante ese tiempo cambiaron gobiernos, primeros ministros, crisis políticas y prioridades internacionales. Solo una cosa permaneció igual: cada semana vuelven a aparecer banderas azul y amarillo frente a Downing Street.
«En 2014 comprendí que no había hecho nada por mi país»
Hoy Natalia vive en el Reino Unido desde hace casi veinticinco años. Sin embargo, cuando dejó su pueblo natal de Vovchkivtsi, en la región de Ivano-Frankivsk, jamás imaginó que terminaría dedicándose al activismo.
Tras graduarse en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Chernivtsi, como muchos jóvenes ucranianos de comienzos de los años 2000, decidió marcharse al extranjero. Quería perfeccionar su inglés, conocer el mundo y encontrar nuevas oportunidades. Primero vivió en Italia y más tarde se trasladó al Reino Unido.
Poco a poco su vida fue encontrando estabilidad. El trabajo, la construcción de un hogar, el nacimiento de sus hijos y la integración en una nueva sociedad. Ucrania seguía siendo su hogar, el lugar al que siempre deseaba regresar, pero todavía no era la causa a la que dedicaría gran parte de su vida. Todo cambió con el Maidán.
Solo entonces comprendí que no había hecho nada por mi país, recuerda. El país empieza por uno mismo. No existe un Estado sin personas. Si todos esperan que alguien más haga el trabajo, nada cambiará, afirma Natalia.
Tras la anexión de Crimea, los ucranianos de Londres decidieron que ya no podían permanecer en silencio. Unas decenas de activistas acudieron a Downing Street, frente a la residencia del primer ministro británico, portando una gran bandera ucraniana. Esperaban llamar la atención del Gobierno británico sobre la ocupación del territorio ucraniano.
Al principio pensaban que la protesta duraría unos pocos días; después creyeron que quizá se prolongaría una semana. Finalmente, la bandera permaneció frente a la residencia oficial durante cien días.
Nos turnábamos las veinticuatro horas del día. Yo tenía hijos pequeños, así que durante el día estaba con ellos y por la noche iba a Downing Street. Organizamos un calendario de turnos y creíamos que, si éramos lo suficientemente persistentes, podríamos cambiar algo, recuerda Natalia. Entonces era imposible imaginar que aquellas acciones continuarían incluso hasta 2026.
Fue en ese momento cuando comenzó a consolidarse el núcleo de la comunidad ucraniana que siguió trabajando incluso después de la Revolución de la Dignidad. Al principio era Euromaidan London, un pequeño grupo de quince o veinte personas que organizaban manifestaciones, campañas informativas y actos conmemorativos. Formalmente, la organización ni siquiera existía.
No estábamos registrados. Simplemente nos reuníamos y hacíamos lo que creíamos que era necesario. Ya entonces muchos nos preguntaban: «¿Para qué salir? Eso está muy lejos, en el Donbás». Pero los ucranianos seguían muriendo, explica Natalia.
Todo cambió radicalmente tras el inicio de la invasión rusa a gran escala. Miles de donaciones comenzaron a llegar a los voluntarios. La gente quería ayudar, pero para gestionar esa ayuda era necesaria una estructura oficial.
Así nació Support Ukraine, fruto de la transformación de Euromaidan London en una organización formal. Paralelamente, el equipo de Natalia impulsó otra organización benéfica, British Ukrainian Aid, dedicada a proyectos humanitarios.
Ambas organizaciones trabajan en distintos frentes. Support Ukraine se dedica al suministro de equipamiento para las Fuerzas Armadas de Ucrania, organiza grandes manifestaciones de apoyo a Ucrania en el Reino Unido, colabora con parlamentarios británicos y desarrolla actividades de incidencia política. Por su parte, British Ukrainian Aid abastece a hospitales ucranianos, puntos de estabilización médica y personal sanitario militar con equipos médicos, botiquines, generadores y todo lo necesario para salvar vidas.
Para nosotros lo más importante es preservar la vida. Ayudar allí donde más se necesita en este momento, afirma Natalia.
A lo largo de los años, cientos de voluntarios han pasado por ambas organizaciones. Hoy, solo Support Ukraine reúne a más de un centenar de personas. Sin embargo, Natalia insiste siempre en que sería injusto hablar únicamente de ella.
Yo sola habría podido hacer muy poco. Todo esto es un trabajo en equipo. Cuando uno siente que ya no puede más, siempre hay alguien al lado dispuesto a tomar el relevo. Esa es la razón por la que seguimos aquí.
«La incidencia política siempre es necesaria»
Londres sigue siendo uno de los aliados más firmes de Ucrania y, desde los primeros días de la invasión a gran escala, el Gobierno británico ha demostrado un apoyo constante a Kyiv. Sin embargo, Natalia está convencida de que el respaldo del Gobierno es solo una parte del trabajo. Lo verdaderamente importante es que la sociedad británica continúe apoyando a Ucrania.
A cualquier político lo elige la gente. La opinión pública puede cambiar. Por eso la labor de incidencia política siempre será necesaria. El equipo de Support Ukraine nunca dejó de organizar manifestaciones, incluso cuando el apoyo a Ucrania se convirtió en una política oficial del Estado británico. Si dejamos de hablar de Ucrania, muy pronto habrá quienes crean que la guerra ya terminó, añade Natalia.
Según ella, la incidencia política es hoy tan necesaria como lo era en 2014; lo único que han cambiado son los argumentos. Cada sábado, desde hace ya trece años, Natalia y su equipo vuelven a reunirse frente a Downing Street. Para los transeúntes puede parecer una protesta más. Para los voluntarios es un recordatorio de que la guerra no ha terminado solo porque el mundo haya aprendido a convivir con ella.
Es nuestra única oportunidad para explicar a la gente por qué estamos aquí. Por qué sostenemos la bandera ucraniana. Por qué volvemos una y otra vez a la calle. Con el paso de los años, Natalia ha aprendido a encontrar las palabras adecuadas incluso para quienes nunca han estado en Ucrania. Sí, hoy ustedes pagan más por la gasolina o por los alimentos. Pero los ucranianos están pagando un precio muchísimo más alto. Alguien perdió a una hija. Alguien perdió a un hijo.
Según Natalia, las historias personales son mucho más efectivas que las cifras cuando se habla con los británicos. La gente comienza a comprender la guerra de otra manera cuando entiende que no se trata de una cuestión abstracta de geopolítica, sino de la vida de personas concretas.
Al mismo tiempo, insiste en que es necesario explicar no solo la dimensión humana de la guerra, sino también por qué afecta a toda Europa. Cuando se lanza un misil, nadie sabe dónde terminará cayendo. Ya hemos visto misiles y drones rusos entrar en territorio de países miembros de la OTAN. El mito de que Rusia se detendrá en Ucrania hace tiempo que quedó destruido. Hoy Ucrania contiene una amenaza que afecta a todo el continente europeo. Para Natalia, la labor de incidencia política ya no consiste únicamente en defender a Ucrania, sino también en recordar al mundo democrático cuál es su responsabilidad.
Hablamos constantemente de las sanciones, de los hidrocarburos rusos, del suministro de armas y de los sistemas de defensa antiaérea. No estamos pidiendo nada extraordinario; solo aquello que permitirá a Ucrania proteger a su población.
En estos trece años no solo ha cambiado el Reino Unido; también ha cambiado la comunidad ucraniana. Si después de la Revolución de la Dignidad apenas unas decenas de activistas participaban en las manifestaciones, tras la invasión a gran escala llegaron al país más de 200.000 ucranianos.
Si comparo la situación con 2014, hoy hay muchísimos más voluntarios. Pero si la comparo con 2022, la participación ya ha disminuido notablemente. Natalia no reprocha nada a sus compatriotas. Comprende que las personas trabajan, crían a sus hijos y construyen una nueva vida en otro país. Todos tenemos familias y todos necesitamos ganarnos la vida. Eso es completamente normal. Pero, añade, la guerra no termina por ello.
Natalia suele explicarlo con una sencilla operación matemática.
En el Reino Unido vivimos actualmente alrededor de 250.000 ucranianos. Si cada uno donara tan solo cinco libras al mes, aproximadamente el precio de una taza de café, reuniríamos más de un millón de libras mensuales. Así los voluntarios no tendrían que organizar ferias benéficas o eventos solidarios cada semana para comprar otro vehículo o equipamiento para un puesto de estabilización médica.
Solo tenemos una Ucrania. Y nadie, excepto nosotros, cuidará de ella, afirma Natalia.
Rusia no ha dejado de bombardear Ucrania. La gente sigue muriendo. Ucrania continúa necesitando armas, sistemas de defensa antiaérea y apoyo. Si la guerra sigue, ¿por qué nosotros deberíamos dejar de hablar de ella?
Al mismo tiempo, Natalia expresa su gratitud por el respaldo de los políticos británicos. Según ella, independientemente de los cambios de gobierno, Ucrania sigue siendo una cuestión que une a las distintas fuerzas políticas del país.
Un símbolo de ese apoyo es la Marcha de las Vyshyvankas, iniciada por la comunidad ucraniana en 2013. Desde entonces, cada año parlamentarios británicos de diferentes partidos acuden al Palacio de Westminster vestidos con la tradicional camisa bordada ucraniana.
«El país empieza por uno mismo»
Después de trece años de voluntariado, a Natalia le preguntan con frecuencia de dónde saca las fuerzas para continuar. Su respuesta es inmediata: Del sentimiento de culpa. Siempre siento que podríamos haber hecho más. Mejor. Con mayor eficacia. Nosotros estamos a salvo; no vivimos bajo los bombardeos. Por eso simplemente no tenemos derecho a rendirnos.
Sin embargo, enseguida añade que nadie podría recorrer este camino en solitario.
Yo sola habría podido hacer muy poco. Todo lo que hemos logrado es mérito del equipo. Cuando alguien siente que ya no tiene fuerzas, siempre hay otra persona dispuesta a tenderle la mano. A pesar de llevar más de dos décadas viviendo en el Reino Unido, Natalia sigue considerando que su verdadero hogar es Ucrania.
Cuanto mayor te haces, más fuerte es el deseo de regresar al lugar donde naciste.
Está convencida de que, cuando llegue una paz justa, muchos ucranianos volverán a casa.
Hasta entonces, seguirá haciendo lo mismo que comenzó en 2013: salir con la bandera ucraniana frente a Downing Street, hablar con los británicos sobre la guerra, recaudar ayuda para los soldados ucranianos y recordar a sus compatriotas que, incluso a miles de kilómetros de su hogar, siguen formando parte de la lucha.
El país empieza por uno mismo, concluye Natalia.













