Durante su infancia, Olga Soroka, criada en Estados Unidos, escuchaba hablar del Holodomor en voz baja. En su familia, que había sobrevivido a esta tragedia, los recuerdos se transmitían de unos a otros, pero ni siquiera a miles de kilómetros de Ucrania desaparecía el miedo a decir la verdad.
Sus abuelos hablaban de lo ocurrido con reticencia, y su tía, que vivió en Estados Unidos durante casi sesenta años, tuvo miedo de hablar abiertamente sobre el Holodomor hasta el final de su vida. Temía que pudieran arrestarla y deportarla a la Unión Soviética por contar la verdad sobre los crímenes del poder soviético.
Para la pequeña Olga, aquellas conversaciones eran testimonios del dolor familiar que no lograba comprender. ¿Cómo podía un Estado matar de hambre deliberadamente a su propio pueblo? ¿Por qué quienes habían sobrevivido a la tragedia seguían teniendo miedo de hablar de ella, incluso lejos de su patria? Con el tiempo, estas preguntas se transformaron en una conciencia de responsabilidad personal: preservar la memoria de sus familiares y transmitir la verdad al mundo.
Hoy, Ogya Soroka dirige el Comité Internacional de Coordinación para el Holodomor y la Red Mundial de Descendientes del Holodomor del Congreso Mundial de los Ucranianos (CMU). Recientemente, el Ministerio de Cultura de Ucrania la nombró miembro del Consejo de Supervisión del Museo Nacional del Holodomor-Genocidio, en Kyiv, donde asumió el cargo de secretaria.
El trabajo de Olga abarca la preservación de testimonios familiares, la participación de los jóvenes, la investigación de las consecuencias a largo plazo del genocidio, el reconocimiento internacional del Holodomor y la lucha contra la desinformación rusa. Todo se basa en una convicción: la memoria no puede desaparecer junto con la generación de los testigos directos.
“Dedico mi tiempo a esta labor para honrar la memoria de mi familia y difundir sus testimonios, de modo que el mundo conozca la verdad sobre el Holodomor. Como ucraniana, siento una responsabilidad personal hacia mis raíces”, explica Olga.
De las historias familiares a una red mundial
La idea de crear la Red de Descendientes del Holodomor (Holodomor Descendants Network) perteneció al fallecido Stefan Romaniw, destacado líder de la comunidad ucraniana mundial y primer vicepresidente del CMU, cuenta Olga. Él comprendía que cada vez quedaban menos testigos directos del Holodomor y que, junto con ellos, el mundo corría el riesgo de perder testimonios invaluables sobre los crímenes del régimen soviético.
“Stefan comprendió que era necesario encontrar una manera de garantizar que el trabajo de recopilación de información sobre el Holodomor continuará. Y pensó que había que involucrar a los descendientes en esta tarea”, continúa Olga.
Por aquel entonces, ella ya colaboraba con Stefan en diversos proyectos comunitarios. Él también conocía la historia de su familia, por lo que le propuso elaborar un plan para involucrar a los descendientes de quienes habían sobrevivido al Holodomor. Olga aceptó y encabezó un pequeño equipo de voluntarios que puso en marcha la red en dos mil veinte.
Desde entonces, la red se ha convertido en un espacio para personas unidas no solo por sus historias familiares, sino también por el deseo compartido de preservar la memoria, conseguir que el Holodomor sea reconocido como genocidio del pueblo ucraniano y transmitir su historia a las generaciones futuras.
Hoy, la red reúne a participantes de trece países. Entre ellos hay representantes de las comunidades ucranianas de Estados Unidos, Canadá, Australia y varios países de Europa y Sudamérica. Desde el principio, los ucranianos que viven en Ucrania también se han sumado activamente a la iniciativa.
A los participantes los une una memoria familiar compartida del Holodomor y el deseo de preservar las historias de sus seres queridos para que no se pierdan con el paso del tiempo. Para muchos, también existe un sentimiento personal de responsabilidad: contar al mundo la verdad sobre el genocidio del pueblo ucraniano y trabajar para conseguir su reconocimiento internacional.
Al mismo tiempo, la red llama la atención sobre un aspecto menos conocido de la tragedia: sus posibles consecuencias a largo plazo para la salud de las generaciones posteriores. De este modo, los recuerdos familiares se convierten no solo en una forma de honrar el pasado, sino también en la base de investigaciones, actividades educativas y una comprensión más profunda de la propia historia.
Lo que se escucha en la familia debe llegar al mundo
Uno de los proyectos fundamentales de la red es el de historia oral, desarrollado inicialmente en colaboración con escuelas de estudios ucranianos de Estados Unidos y Canadá. Los estudiantes de secundaria graban entrevistas con descendientes de víctimas del Holodomor, investigan las historias de sus propias familias y preservan los recuerdos para las generaciones futuras.
Las entrevistas recopiladas sirvieron de base para una serie de programas del canal de televisión ucraniano-canadiense Kontakt. Ahora, el CMU trabaja para ampliar el proyecto a otros países en colaboración con el Consejo Mundial de Coordinación Educativa y Formativa (CMCEF).
Para Olga Soroka, el valor de este proyecto no reside únicamente en preservar los testimonios, sino también en ayudar a las familias a descubrir su propio pasado. Recuerda a una abuela que, después de ver una entrevista sobre el Holodomor realizada por su nieta, decidió contar por primera vez la historia de su familia, sobre la que había guardado silencio incluso ante sus seres queridos. Así, un proyecto escolar ayudó a dar voz a una memoria familiar que había permanecido silenciada durante décadas.
“Estoy orgullosa del proyecto de historia oral porque preserva testimonios que, de otro modo, podrían haberse perdido. Pero igual de importante es lo que sucede con los jóvenes cuando escuchan estas historias. Despiertan en ellos algo que no siempre se puede conseguir con una clase convencional”, destaca Olga.
Al mismo tiempo, estas conversaciones ayudan a los descendientes a comprender mejor su propia identidad. La historia del Holodomor no se reduce a estadísticas, fechas y decisiones políticas. Es la historia de personas concretas, familias destruidas, silencios impuestos y experiencias que influyeron en la manera en que las generaciones posteriores perciben el mundo.
Una de las historias que más impresionó a Olga Soroka fue el relato de una mujer sobre su madre, que fue arrestada y condenada a cinco años de prisión por recoger cuatro mazorcas de maíz y esconderlas junto a su casa con la intención de alimentar a sus hijos hambrientos. Mientras estaba encarcelada, recibió una carta de su marido en la que le comunicaba que su pequeña hija había muerto de hambre.
“Yo también soy madre. Y me duele profundamente pensar en lo que tuvo que sufrir aquella mujer. Sé que no fue la única que tuvo que pasar por algo así”, afirma Olga.
Estas historias recuerdan por qué no se puede aplazar la preservación de los testimonios. Cada conversación puede devolver la voz a una persona a la que obligaron a guardar silencio y ayudar a sus descendientes a comprender su propia historia.
Una tragedia que siguen sintiendo las generaciones posteriores
Otra línea importante de trabajo de la red es la investigación de las consecuencias transgeneracionales del Holodomor. Junto con el investigador Brent Bez, de la Universidad Carleton de Canadá, el equipo trabaja para difundir su investigación en Estados Unidos y ayudar a encontrar participantes para nuevos estudios científicos. Anteriormente, las investigaciones se habían llevado a cabo en Ucrania y Canadá.
El objetivo es llamar la atención sobre el posible impacto a largo plazo de la experiencia de la hambruna en la salud física y psicológica de los descendientes. Para muchas personas, se trata de una nueva dimensión de su historia familiar, ya que quizá desconozcan que las experiencias de sus antepasados pueden tener relevancia para sus propias vidas.
Para la red, esta es otra manera de ayudar a los descendientes a entender la memoria no solo como una obligación hacia el pasado, sino también como una oportunidad para conocerse mejor. Al mismo tiempo, los resultados científicos deben explicarse con cautela: las consecuencias concretas para la salud dependen de numerosos factores, y las investigaciones deben seguir precisando los mecanismos y la magnitud de este posible impacto.
Otro proyecto al que el equipo prevé regresar tras la victoria de Ucrania consiste en ayudar al Museo Nacional del Holodomor-Genocidio de Kyiv a recopilar objetos y materiales de aquella época. La guerra a gran escala obligó a suspender este trabajo, pero no ha reducido su importancia.
Las tres líneas de trabajo —la historia oral, la investigación de las consecuencias a largo plazo y la preservación de objetos históricos— comparten un mismo objetivo: impedir que la tragedia se diluya con el paso del tiempo.
Una sola voz
Mientras que la Red de Descendientes del Holodomor se centra en las personas, las historias familiares y las generaciones futuras, el Comité Internacional de Coordinación para el Holodomor del CMU trabaja en objetivos internacionales más amplios.
El comité colabora con el Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional, el Museo Nacional del Holodomor-Genocidio y las comunidades ucranianas de distintos países. Su labor está orientada a reforzar el reconocimiento internacional del Holodomor como genocidio, desarrollar iniciativas educativas, preservar materiales históricos y coordinar actos conmemorativos en todo el mundo.
Según Olga Soroka, alrededor de treinta países ya han reconocido el Holodomor como genocidio del pueblo ucraniano. Sin embargo, el trabajo continúa, ya que el objetivo del comité es conseguir este reconocimiento en todos los países del mundo.
“Trabajamos para aumentar el número de países que reconocen el Holodomor como un genocidio contra la nación ucraniana. También buscamos ampliar la red de descendientes, incorporar a las escuelas de estudios ucranianos a los proyectos educativos y aumentar el conocimiento sobre las consecuencias del Holodomor para las generaciones posteriores”, explica.
Una herramienta importante para esta labor es una campaña mundial conjunta para honrar la memoria de las víctimas del Holodomor. Su objetivo es garantizar que las comunidades ucranianas de distintos países dispongan de materiales coordinados, puedan organizar actos conmemorativos y transmitan un mensaje común al público internacional.
Cómo hablar del Holodomor
Olga Soroka está convencida de que es necesario hablar del Holodomor con todas las generaciones, pero especialmente con los niños, que todavía no tienen vínculos familiares con la tragedia ni suficiente contexto histórico. Para los más pequeños, propone comenzar no con cifras aterradoras, sino con una imagen de la vida cotidiana en Ucrania.
“Imaginen que su familia vivía en un hermoso pueblo, donde sus abuelos cultivaban alimentos, respetaban las tradiciones, hablaban su idioma, cantaban canciones y enseñaban todo eso a sus hijos. Entonces llegaron los soldados, se llevaron los alimentos y el ganado, registraron la casa y no permitieron que la familia buscara nada para sobrevivir. Eso les ocurrió a millones de familias ucranianas. Eso es el Holodomor”.
A través de esta imagen, los niños pueden comprender lo que estaba en juego. No se trataba únicamente de la supervivencia física de las personas, sino también de la propia vida ucraniana: la lengua, la cultura, las tradiciones, los vínculos familiares y el derecho de un pueblo a ser él mismo.
En la década de mil novecientos veinte, los ucranianos vivían un renacimiento cultural: desarrollaban la educación en lengua ucraniana, escribían libros, creaban música y obras de arte y fortalecían la conciencia de Ucrania como nación independiente. El poder soviético percibía este crecimiento de la conciencia nacional como una amenaza para su dominio. La represión contra la intelectualidad y las instituciones ucranianas, junto con el Holodomor, formó parte de una ofensiva contra la sociedad ucraniana.
“Ser ucraniano no consiste simplemente en tener un apellido ucraniano o saber de dónde vinieron los abuelos. Significa la lengua, las canciones, las tradiciones, la historia, la comida, la fe, los recuerdos familiares y el vínculo con la tierra natal”, subraya Olga.
Esta explicación también es importante para quienes nacieron fuera de Ucrania y no tienen un vínculo familiar directo con las víctimas del Holodomor. Comprender por qué el régimen soviético intentó destruir la identidad ucraniana ayuda a entender que la tragedia no fue un episodio aislado de la historia, sino parte de la lucha por el derecho de los ucranianos a existir como un pueblo distinto.
Del Holodomor a la guerra actual
La guerra a gran escala de Rusia contra Ucrania ha vuelto a atraer la atención internacional hacia la historia del pueblo ucraniano. Al mismo tiempo, ha puesto de manifiesto la importancia de comprender los mecanismos de la propaganda, la negación de los crímenes y los intentos de destruir la identidad nacional.
Olga Soroka recuerda que, entre 1932 y 1933, las autoridades soviéticas negaron la magnitud de la tragedia, ocultaron información, restringieron las posibilidades de abandonar los territorios afectados por la hambruna y castigaron a quienes difundían la verdad. Algunos periodistas occidentales, entre ellos Walter Duranty, de The New York Times, contribuyeron a difundir una imagen distorsionada de lo que ocurría en Ucrania. A pesar de la existencia de testimonios documentales, la negación de la responsabilidad por el Holodomor persiste hasta hoy.
Según Olga, la propaganda rusa continúa utilizando métodos conocidos: negar hechos evidentes, difundir desinformación, manipular la historia e intentar trasladar la responsabilidad de los crímenes a las víctimas. Sin embargo, las tecnologías actuales permiten documentar los acontecimientos y difundir pruebas con mayor rapidez.
Al establecer paralelismos entre el Holodomor y la guerra actual, Olga también advierte contra la equiparación de ambos períodos históricos. Las circunstancias políticas y militares son diferentes, pero existen similitudes preocupantes: la negación de la identidad nacional ucraniana, la represión de la lengua y la cultura, las deportaciones y los desplazamientos forzosos, los ataques contra la población civil, la destrucción de instituciones culturales, la propaganda y el uso de los alimentos y las infraestructuras agrícolas como instrumentos de guerra.
“El Holodomor no es simplemente un tema histórico. Nos ayuda a comprender por qué los ucranianos consideran que preservar su identidad nacional, su lengua, su cultura y su independencia es una cuestión de supervivencia de la propia nación”, subraya.
Por eso, en opinión de Olga Soroka, los ucranianos que viven en el extranjero no solo deben preservar la memoria en sus propias familias, sino también hablar activamente de Ucrania a las sociedades en las que viven. Deben conversar con amigos, compañeros de trabajo y vecinos, visitar escuelas y bibliotecas, participar en iniciativas comunitarias y no guardar silencio cuando se encuentren con desinformación.
“Todas las personas con raíces ucranianas, independientemente de dónde hayan nacido, deben conocer la historia de Ucrania y compartir la verdad con los demás. Quienes vivimos fuera de Ucrania disponemos de tecnologías y libertad para apoyarla y contrarrestar la propaganda rusa, de modo que el mundo pueda conocer la verdad”.
Para Olga Soroka, esta labor comenzó con conversaciones discretas en el seno de su familia, con recuerdos que sus seres queridos no se atrevían a pronunciar en voz alta. Hoy ayuda a transformar esas historias en una voz internacional que resuena en escuelas, proyectos de investigación, comunidades ucranianas y espacios políticos.
Porque preservar la memoria del Holodomor no es solo una responsabilidad hacia quienes murieron. También es una responsabilidad hacia quienes viven hoy y hacia las generaciones futuras, que deben saber qué le ocurrió a Ucrania, por qué fue posible y por qué la verdad sobre el pasado es fundamental para proteger el futuro.
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