A finales de abril, el Presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, anunció públicamente la creación de un Panteón Nacional de Ucranianos Ilustres y el inicio de la repatriación de figuras históricas que fallecieron en el exilio.
Los primeros en regresar a casa fueron el líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) y coronel del Ejército de la República Popular Ucraniana (RPU), Andriy Melnik, y su esposa Sofía Melnik (Fedak). El matrimonio fue reinhumado el 25 de mayo en el Cementerio Memorial Militar Nacional, en la región de Kyiv.
Estas primeras repatriaciones marcaron el inicio práctico de la iniciativa. Sin embargo, el trabajo había comenzado mucho antes: silenciosamente, con paciencia, a través de correspondencia diplomática y conversaciones con comunidades ucranianas en el extranjero.
El 19 de mayo, el presidente Zelenski informó además que continúa la preparación para la repatriación desde los Países Bajos del coronel Yevgen Konovalets.
El director del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional (UINP), Oleksandr Alfiórov, explicó en una entrevista para el Congreso Mundial de los Ucranianos (CMU) por qué el Estado asumió esta tarea precisamente ahora, cómo funciona el proceso desde dentro, cuál es el papel irremplazable de las comunidades ucranianas en la preservación de la memoria y por qué el lugar de enterramiento es solo una de las formas de recordar.
No es una iniciativa, sino una estrategia
Las repatriaciones a Ucrania ya habían ocurrido anteriormente gracias a iniciativas aisladas de ciudades o comunidades, explica Alfiórov. Por ejemplo, en enero de 2017 se logró salvar los restos mortales del poeta Oleksandr Oles: el contrato de alquiler de su tumba en la República Checa había expirado y, sin intervención, habría desaparecido.
Pero todas esas fueron acciones puntuales y dispersas, añade el historiador.
Hoy, afirma, la situación es fundamentalmente distinta porque participan la Oficina del Presidente, el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Ministerio para Asuntos de los Veteranos y el UINP.
“Esto ya es una estrategia estatal”, señala Alfiórov. Incluso antes de que el presidente anunciara públicamente el panteón, ya se realizaban trabajos preparatorios por encargo suyo: se analizaba la legislación vigente, se evaluaba la situación existente y se estudiaban las posibilidades de realizar repatriaciones en distintos países.

“Це надзвичайно складне завдання. El trabajo es diario y multidimensional. Paralelamente se prepara un proyecto de ley, se desarrollan los aspectos financieros y arquitectónicos, se convocará un concurso y continúan complejos debates sobre la lista de personalidades que deberán formar parte del panteón.
“Es una tarea extraordinariamente compleja. Lo más importante ahora es no convertir el proceso en pura retórica. Si pasamos inmediatamente a órdenes y disposiciones, existe el riesgo de burocratización y manipulación. Primero debe existir un trabajo profesional minucioso y solo después una formalización mediante decisiones y leyes”, añade el director del UINP.
En cuanto a las propias repatriaciones, detrás de las ceremonias hay un trabajo complejo y a menudo agotador desde el punto de vista burocrático: cada país tiene su propia legislación y normas sobre enterramientos y cementerios.
En algunos casos se requiere el consentimiento de los familiares, pero cuando estos no existen, el proceso se vuelve más complicado. Si expira el alquiler de una tumba y nadie paga por ella, los restos pueden ser trasladados a fosas comunes y el espacio queda liberado. En ocasiones, organizaciones como Plast o benefactores anónimos asumen los gastos de mantenimiento, aunque las leyes de protección de datos impiden identificarlos.
Las comunidades como guardianas de la memoria
Quienes durante décadas preservaron la memoria y cuidaron las tumbas de figuras ucranianas en el extranjero fueron las propias comunidades ucranianas. Asumieron la responsabilidad de los enterramientos, conservaron archivos, publicaron libros y mantuvieron bibliotecas por iniciativa propia y con sus propios recursos, garantizando la continuidad de la presencia ucraniana fuera del Estado.
Los lugares de enterramiento se convirtieron en una de las dimensiones fundamentales de este trabajo. En los países donde se asentaron las distintas olas migratorias, las comunidades pagaban el alquiler de las tumbas, las cuidaban y organizaban servicios conmemorativos. Cuando ya no quedaban familiares, las organizaciones ucranianas asumían la responsabilidad de preservarlas.
Sin este trabajo prolongado y muchas veces invisible, una gran parte de esas tumbas simplemente no habría sobrevivido, afirma Alfiórov.
Por ello, incluso cuando existen razones claras para una repatriación, el proceso puede resultar sensible para las comunidades que durante años cuidaron estos lugares. Esto ocurrió, por ejemplo, en Luxemburgo, donde una parte de la comunidad reaccionó críticamente a la repatriación de Andriy Melnik. Quienes habían cuidado la tumba no sintieron que hubieran sido plenamente incluidos en el proceso.
Alfiórov reconoce que la comunicación pudo haber sido insuficiente y que parte de la comunidad responsable del mantenimiento del lugar no participó en las discusiones.
Sin embargo, añade que la reacción no se explica únicamente por cuestiones procedimentales, sino también por una dimensión más profunda de la memoria. Para estas comunidades, la tumba no es simplemente un lugar de enterramiento, sino un símbolo de la presencia de Ucrania en el mundo y una prueba material de la continuidad histórica. Cuidar esos lugares se convirtió en una forma de preservar el legado y la identidad nacional.
Al mismo tiempo, el director del UINP subraya que la repatriación no niega el trabajo de las comunidades, sino que transforma su formato. Destaca especialmente a quienes han cuidado estas tumbas durante años:
“Ucrania está profundamente agradecida a quienes cuidan las tumbas”.
Asimismo, propone comprender la cultura de la memoria de una manera más amplia, sin limitarla únicamente al espacio de los cementerios. La tumba sigue siendo una forma importante de homenaje, pero no la única.
“La tarea común del Estado y de las comunidades es ir más allá de la memoria vinculada exclusivamente al cementerio y, con el apoyo de Ucrania, impulsar proyectos de memorialización de otro nivel en ciudades y localidades. Espacios donde se pueda honrar a una persona, preservar su memoria, llevar a los niños y donde se escuchen canciones de fusileros y soldados”, afirma.
En este contexto, el caso de Luxemburgo demuestra la complejidad y las múltiples capas de este tipo de decisiones. También muestra la importancia de una comunicación anticipada y sensible con las comunidades que durante décadas conservaron estos lugares como parte de su identidad y continuidad histórica.
“¿Quería Andriy Melnik ser reinhumado en Ucrania? Probablemente no dejó un testamento explícito. Pero la cuestión es más amplia: ¿quería regresar a Ucrania? ¿Y querían regresar las decenas de miles de soldados ucranianos que terminaron en el exilio no porque desearan vivir en el extranjero, sino porque se vieron obligados a salvar sus vidas mientras mantenían la esperanza de volver a una Ucrania independiente?”, plantea Alfiórov.
El director del UINP también informó que a principios de julio partirá desde Ucrania una expedición de historiadores y especialistas, entre ellos el propio Alfiórov, Vakhtang Kipiani, Yuriy Yuzych y colaboradores del instituto.
El grupo recorrerá varios países europeos para investigar cementerios donde están enterrados luchadores ucranianos por la independencia.
Durante dos semanas visitarán lugares de enterramiento, evaluarán su estado de conservación, los acondicionarán y rendirán homenaje a los fallecidos encendiendo velas y depositando flores. El recorrido abarcará entre 8.000 y 10.000 kilómetros.
Será un trabajo “complejo pero importante”, que combinará investigación, memorialización y preparación para futuras repatriaciones, incluyendo contactos diplomáticos y diálogo con familias y responsables de los enterramientos.
Una Atlántida que aún puede salvarse
Paralelamente a las repatriaciones surge una cuestión mucho más amplia: cómo preservar el legado ucraniano creado durante décadas por las comunidades fuera del espacio soviético y postsoviético.
No se trata únicamente de archivos o bibliotecas, sino de toda una Ucrania intelectual paralela que vivió y se desarrolló cuando en la propia Ucrania eso era imposible o estaba severamente limitado.
Según Alfiórov, una visita casual a un archivo-museo ucraniano en Londres, mantenido por la comunidad y apoyado por Gennadiy Ivanushchenko, le resultó reveladora.
“Allí vi estanterías llenas de libros publicados por la emigración durante décadas. Comprendí que esos libros trataban temas cuya investigación apenas comienza hoy en Ucrania. Y entendí que la Ucrania independiente continuó existiendo en el extranjero: en el arte, la ciencia y la educación. En realidad, Ucrania vivía allí”, afirma.
Саме цю спадщину історик називає Se trata de una trayectoria diferente de la historia intelectual ucraniana: no un complemento, sino una continuación ininterrumpida de la estatalidad en condiciones de ausencia de Estado.
Es precisamente este legado el que el historiador denomina una “Atlántida” que hoy está amenazada.
El problema no es solo el paso del tiempo o el deterioro natural. También se debe al cambio generacional y a la pérdida de interés. Los herederos de quienes construyeron estos archivos durante las décadas de 1920, 1930, 1940 y 1950 a menudo ya no tienen los recursos ni la motivación para continuar esa labor.
Como resultado, las propiedades se venden o alquilan, los archivos se dispersan y bibliotecas únicas se fragmentan o terminan en la basura. Lo que durante años se acumuló como memoria colectiva de la emigración desaparece lentamente sin dejar rastro público.
“Estamos perdiendo nuestra Atlántida en el extranjero”, lamenta Alfiórov.
Como respuesta, el UINP trabaja en la creación de un depósito internacional que podría ubicarse en un país de Europa Central, posiblemente en la República Checa.
La idea es reunir y proteger archivos, bibliotecas y colecciones privadas de organizaciones y familias ucranianas que actualmente se encuentran en riesgo.
No se trata de una “confiscación” centralizada, sino de un modelo de conservación: almacenamiento temporal, restauración, sistematización y catalogación de materiales, con la perspectiva de devolverlos a Ucrania una vez finalizada la guerra.
Es un intento de detener la lenta desaparición de una memoria documental que no siempre llega a los museos o los libros de texto, pero que constituye una parte esencial de la historia ucraniana del siglo XX fuera de las fronteras nacionales.
“A los muertos, a los vivos y a los no nacidos”
Andriy Melnik fue reinhumado en el Cementerio Memorial Militar Nacional como soldado. Allí descansan también quienes han caído en la actual guerra de Ucrania contra Rusia.
Para Alfiórov, esto representa ante todo un puente simbólico entre generaciones que conecta distintas etapas de la lucha ucraniana por la independencia.
“Cuando la familia de un soldado caído visite la tumba —la esposa, los hijos, los padres— y vea junto a ella el entierro de un combatiente por la independencia de 1918-1920, ocurrirá algo importante. Ese puente es extraordinariamente significativo para nosotros”.
“Estoy convencido de que si esos puentes hubieran existido antes de 2014, muchas personas que viajaban desde Lugansk o Donetsk en excursiones habrían percibido su propio país de una manera diferente”.
Resulta significativo que en Ucrania casi no existan tumbas de figuras destacadas de aquella época. La tumba del general Oleksa Almazov en Lutsk es prácticamente solo un lugar de enterramiento, ya que la tumba original fue destruida. Se desconoce dónde fueron enterrados Vasil Vishivaniy, Avhustin Voloshin o Roman Shukhevich, o bien los lugares fueron destruidos.
“Nuestros héroes deben descansar en la tierra ucraniana y ayudar a las futuras generaciones a comprender la continuidad histórica: somos sus descendientes y continuamos su obra”.
La pregunta de por qué este trabajo comenzó precisamente ahora es inevitable. En tiempos de guerra adquiere una importancia especial, ya que Ucrania debe definir claramente quién es y quiénes son sus herederos históricos.
La respuesta de Alfiórov es categórica:
“Ahora es precisamente el momento”.
“Los rusos entendieron perfectamente las lecciones del siglo XX: no intentarán construir aquí una ‘RSS de Ucrania número dos’. Su objetivo es distinto: destruir tanto el Estado como la propia estatalidad”.
Según él, seguir esperando significaría perder la iniciativa no solo en el plano histórico, sino también en el simbólico.
“Siempre intentamos ponernos a la defensiva: esperar un poco más, dejarlo para después. Pero la defensa nunca es una victoria”.
Añade que, después de la guerra, inevitablemente surgirán enormes desafíos de reconstrucción y prioridades nacionales, y entonces los luchadores por la independencia podrían quedar relegados a un segundo plano.
También subraya una clara continuidad histórica: quienes hoy regresan a Ucrania son los mismos soldados que hace cien años combatieron contra Rusia por la independencia.

“Hoy es el momento. Ayer ‘no era el momento adecuado’. Mañana podría ser demasiado tarde”.
Al final de la conversación, Alfiórov resume la esencia de todo este trabajo.
“Existe la costumbre de pensar que la política de la memoria está asociada a colores oscuros y a una atmósfera de duelo. Pero esa es una comprensión equivocada. La memoria abarca más de mil años de historia estatal: la Rus, el período cosaco, la lucha por la independencia y la guerra actual”.
“Los ‘muertos’, en el sentido de Shevchenko, no son solo quienes fueron asesinados. ‘Los muertos, los vivos y los no nacidos’ son los gigantes sobre cuyos hombros estamos de pie. Y los no nacidos son nuestros descendientes, a quienes debemos transmitir esta memoria”.
“Permanecer a la defensiva en materia de memoria es un camino hacia ninguna parte, es un camino hacia la derrota. Hoy debemos reconquistar nuestra memoria”.
Habla de una verdadera reconquista: recuperar la herencia de la Rus que Rusia intenta apropiarse y rescatar el legado cosaco que a menudo se reduce a caricaturas.
Y concluye con una frase que resume toda la idea del proyecto:
“La memoria nacional no trata sobre el dolor y las pérdidas. Es un hipersalto hacia el futuro”.
Fotografía: Oficina del Presidente de Ucrania; Oleksandr Alfiórov en Facebook.