Este es el texto de la intervención de Lesia Koltykova, comunicadora y cofundadora de la Casa Ucraniana en México, durante la Conferencia de Estudios Ucranianos «Ucrania en el mundo», celebrada en la Universidad Católica Ucraniana (UCU) en Leópolis.
Estimados colegas, queridos amigos:
Gracias por invitarme a participar en este panel dedicado a las redes transnacionales ucranianas. Es una sensación muy especial dirigirme a personas a las que no hay que convencer de nada, porque cada uno de los presentes lleva consigo una parte de Ucrania en su trabajo cotidiano. Por eso hoy me gustaría hablarles de un método: cómo podemos sistematizar nuestras prácticas de comunicación en el extranjero, especialmente en aquellos países donde la propaganda rusa ha preparado el terreno durante décadas.
Permítanme comenzar con dos breves historias.
En 2015, tras el atentado terrorista contra la redacción de *Charlie Hebdo*, el mundo entero se unió bajo tres palabras: «Je suis Charlie». Esa frase fue creada por un francés de origen ucraniano: Joachim Roncin. En 2019, cuando la catedral de Notre-Dame ardía en llamas, personas en Ecuador —la mayoría de las cuales nunca habían estado en Francia ni hablaban francés— siguieron las noticias con una tristeza sincera, como si se tratara de una pérdida propia.
Y ahora, una tercera historia, mucho más dolorosa. En septiembre de 2025, también en Ecuador, la proyección de un documental ucraniano sobre nuestra guerra, durante un festival internacional de cine, reunió a un público de apenas cinco personas.
Cinco. En el duodécimo año de la guerra más sangrienta en Europa desde 1945.
El terreno con el que trabajamos
¿Por qué ocurre esto? No creo que sea un fracaso de nuestro mensaje, y desde luego tampoco es un fracaso de nuestra gente. Es una cuestión de terreno.
El mundo —especialmente al otro lado del océano— sabe muy poco sobre Ucrania. Y lo poco que sabe ha sido filtrado a través de más de un siglo de propaganda rusa, que trabajó de forma sistemática y deliberada. Los abuelos de la audiencia actual ya habían quedado fascinados por la supuesta «grandeza de la cultura rusa» y por las fachadas Potemkin que Rusia, bajo todas sus formas de Estado, presentó incansablemente al mundo.
Un ejemplo silencioso. Más de un tercio del repertorio de la principal orquesta sinfónica de México está compuesto por obras de los llamados compositores rusos, una proporción muy superior a la de compositores italianos o alemanes. No es una simple cuestión de gustos. Es una infraestructura cultural.
En América Latina el panorama es aún más complejo. Para la extrema izquierda, Rusia representa el antagonista de Estados Unidos, el contrapeso al imperialismo estadounidense. Para la extrema derecha, Rusia es «el último bastión de los valores tradicionales». Ambas imágenes son falsas, pero ambas están profundamente arraigadas, mientras que Ucrania permaneció prácticamente ausente del discurso público durante décadas. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania adoptó su primera estrategia para América Latina y el Caribe recién en 2024, después de la invasión a gran escala.
Sobre un terreno así, la promoción directa de los relatos ucranianos a menudo no consigue echar raíces. Una persona criada con historias sobre la gran civilización rusa difícilmente sentirá algo al ver una protesta, un llamamiento a la desintegración de Rusia o incluso una apelación al derecho internacional. La empatía no nace únicamente de la información. La empatía crece a partir del conocimiento y la cercanía, de la sensación de que una determinada cultura forma parte de la historia común de la civilización. Por eso los ecuatorianos lloraron por Notre-Dame, pero no acudieron a ver nuestra película.
Pero también hay una buena noticia: no necesitamos cien años para cambiar este discurso. La globalización e internet nos brindan la oportunidad de construir la imagen de Ucrania aquí y ahora, siempre que estudiemos cuidadosamente el terreno cultural y sembremos con sensibilidad.
Un modelo de tres pasos
Basándome en la experiencia práctica —adquirida principalmente en América Latina, aunque aplicable mucho más allá de esa región— quisiera proponerles un modelo sencillo y sistemático.
Tres pasos.
- Primer paso: comiencen por lo que ya les pertenece
El primer paso suena casi paradójico: no empiecen hablando de Ucrania. Empiecen por el país en el que se encuentran.
Los ucranianos han aportado enormemente a la humanidad, no solo dentro de Ucrania, sino en todo el mundo. Por eso comenzamos hablando de logros que los habitantes del país anfitrión ya consideran, y con razón, parte de su propia historia. Los productores del mejor yerba mate en Argentina. Las grandes estrellas del hockey en Canadá. Ingenieros de primer nivel en IBM y la NASA, de los que Estados Unidos se siente legítimamente orgulloso. Detrás de todos ellos hay nombres y apellidos ucranianos.
Cuando contamos estas historias en el país donde vivimos ocurre algo sutil pero muy importante: desaparece el rechazo, desaparece el reflejo defensivo. No le estamos pidiendo a nuestro interlocutor que adopte una nueva lealtad. Le mostramos que Ucrania ha estado discretamente entretejida en aquello de lo que él mismo ya se siente orgulloso. Las puertas comienzan a abrirse por sí solas.
Este paso exige trabajo previo. No puede hacerse siguiendo una plantilla. Cada región requiere un estudio cuidadoso y un punto de entrada propio.
- Segundo paso: revelar la verdadera dimensión de nuestra cultura
Una vez establecido el vínculo emocional, damos el siguiente paso: hablamos de los acontecimientos ocurridos en Ucrania que cambiaron el rostro de la civilización contemporánea.
Y aquí debemos ser delicados, pero también honestos con nosotros mismos. Las vyshyvankas, los huevos de Pascua decorados, las coronas florales, las canciones y los bailes tradicionales son auténticos tesoros, y conmueven el corazón. Pero imaginemos a una persona cuyo primer contacto con Ucrania consiste únicamente en folclore y artesanía rural. Lo que recibe es una imagen fragmentaria de nuestra cultura: apenas una hermosa habitación dentro de una inmensa casa. Y precisamente esa representación fragmentaria es la que necesita nuestro enemigo, porque presenta esos elementos como si fueran todo lo que somos, como si nuestra cultura fuera secundaria frente a la «gran» cultura rusa.
Por eso ampliamos el enfoque, escogiendo siempre los temas según el público al que nos dirigimos.
Para estudiantes e investigadores: una de las primeras constituciones de Europa; los inicios de la investigación nuclear; el pionerismo en trasplantes de órganos; la creación de lenguajes de programación, helicópteros y cohetes; el desciframiento de la escritura maya.
Para públicos creativos: nuestras tradiciones nacionales de ópera y música sinfónica; teatros de ópera de nivel europeo establecidos antes que instituciones similares en nuestro vecino del norte; y los artistas de vanguardia que moldearon el siglo XX.
Para historiadores, especialistas en museos y teólogos: la colaboración con expertos ucranianos, nuestras tradiciones arquitectónicas y urbanísticas, así como culturas antiguas como la tripiliana y la yamna.
Para autoridades municipales y organizaciones cívicas: el hecho de que las ciudades ucranianas disfrutaron del Derecho de Magdeburgo entre cinco y diez veces más que las ciudades rusas, prueba viva de nuestras profundas tradiciones de autogobierno.
Y este modelo puede adaptarse a cualquier región.
En el norte de Europa, por ejemplo, podría imaginarse una instalación multimedia que colocara las *dumy* ucranianas junto a las runas carelias; manuscritos, la kobza junto al kantele, y trazara una línea de continuidad entre los carelios que lucharon por la independencia de Finlandia, conservaron los valores de la libertad y los transmitieron a las siguientes generaciones. En la Ucrania actual, Denys «Redis» Prokopenko, bisnieto de guerreros carelios y comandante del Regimiento Azov, representa un ejemplo vivo de esa herencia.
En países con fuertes tradiciones monárquicas puede explicarse que la bandera de Ucrania no representa únicamente «el cielo y el trigo», sino también el león dorado sobre fondo azul del Principado de Galitzia-Volinia, proponiendo incluso una exposición en una sociedad heráldica. Son detalles que abren las puertas de las instituciones.
El objetivo de este paso es muy claro. Queremos que nuestro interlocutor se detenga y experimente una contradicción productiva: que la verdadera magnitud de la cultura ucraniana no corresponde a la imagen que ha recibido en el espacio informativo. «¿Cómo es posible que nunca hubiera oído hablar de esto?» Cuando esa pregunta nace en el interior de la persona, Ucrania adquiere subjetividad ante sus ojos y ocupa su lugar entre las naciones históricas de Europa, con su Estado y sus antiguas instituciones. A partir de ese momento, las conversaciones sobre la guerra surgen de manera natural; muchas veces son los propios interlocutores quienes las inician.
- Tercer paso: la forma también es el mensaje
El tercer paso se refiere a cómo hablamos. Y para mí es el corazón de todo.
A pesar del profundo trauma que nos ha causado esta guerra, debemos evitar tanto el registro histérico como la descalificación directa de la cultura del enemigo. En el extranjero, especialmente en regiones alejadas del conflicto, este tipo de comunicación resulta extremadamente ineficaz, y sus consecuencias son aprovechadas hábilmente por el adversario. Moscú repite incansablemente que los ucranianos son «incapaces por naturaleza» de construir un Estado, que son agresivos e inestables, en contraste con su propia imagen de pueblo «sereno y digno». Cada vez que perdemos la calma, les entregamos la ilustración perfecta para reforzar ese relato.
Pero debemos tener muy claro qué es realmente esa supuesta «gran cultura». Es una fachada brillante; y por muy brillante que sea una fachada, basta un dedo para atravesarla. Detrás de ella no hay una esencia viva, porque un sistema autoritario es incapaz de producir improvisadores talentosos. Sus representantes actúan únicamente de forma mecánica, siguiendo un guion y una plantilla. Nuestra fuerza reside justamente en lo contrario. Nosotros llevamos nuestros relatos mediante el contacto humano con personas reales. Construimos relaciones sinceras. Nuestro respeto genuino y nuestro interés honesto por otras culturas conquistan corazones, y eso es algo que el enemigo jamás podrá imitar, porque contradice la naturaleza misma de una sociedad cerrada.
Eso tiene un nombre. El escritor ucraniano Liubko Deresh lo llama «la fuerza amable». No «poder blando» (soft power), que es un concepto relacionado con los recursos del Estado, sino precisamente fuerza amable: la capacidad de servir, de entregarse al bien común, de empatizar, de defender la verdad y la justicia sin recurrir al chantaje moral. Deresh nos recuerda que Ucrania mostró esa fuerza al mundo durante los días más oscuros de la invasión a gran escala, y ese es un capital que no tenemos derecho a desperdiciar. La fuerza amable no es debilidad. Es una posición moral. Calidez como estrategia. Bondad como precisión. No es un compromiso con nuestra postura; es nuestra herramienta más afilada.
Nuestros embajadores cotidianos
Antes de concluir, quisiera decir unas palabras sobre quienes realizan esta labor todos los días: nuestra diáspora.
Son personas que llevan una vida completamente normal, pero que, gracias a su compromiso sincero y a sus convicciones, han asumido un papel totalmente nuevo: representar a todo un país. Lo hacen sin formación específica y en medio de la experiencia de la emigración, que ya de por sí constituye un enorme desafío. Organizan actividades, enseñan, explican, hablan desde los escenarios después de largas jornadas de trabajo. Son los héroes de nuestra vida cotidiana y merecen nuestra más profunda admiración.
Nuestra obligación —y también nuestro privilegio— consiste en dotarlos de herramientas. Debemos crear bloques de información: materiales rigurosamente investigados y adaptados a cada región, que permitan presentar a Ucrania de manera más amplia y completa, teniendo en cuenta las particularidades de cada lugar. No porque a su trabajo le falte algo, sino porque su entrega merece las mejores herramientas que podamos poner en sus manos. Cuando una voluntaria en Buenos Aires o en Toronto dispone de historias locales, hechos civilizatorios y el tono adecuado, su autenticidad natural se multiplica por diez. Precisamente para eso existen las redes transnacionales ucranianas.
Conclusión
Las instituciones sobreviven a las personas. Nuestras iniciativas culturales en el extranjero deben ser duraderas, conectadas entre sí y guiadas por una visión amplia. No necesitamos un siglo para cambiar el discurso. Necesitamos tres cosas: un primer contacto cuidadoso, una revelación serena de la verdadera dimensión de Ucrania y una forma de comunicarnos cuya autenticidad ningún régimen autoritario puede falsificar.
Empiecen por lo que ya les pertenece.
Revelen aquello que nos pertenece a nosotros.
Y hablen como hablan las personas libres: con serenidad, respeto, curiosidad y sin miedo.
Muchas gracias.
Fotografía: Lesia Koltykova / Facebook